Apetitos afilados. Dientes entonados. Oídos hambrientos.

viernes, marzo 07, 2008

Feedback, ¡coño!

A veces estar en un escenario parece fácil. Con el paso del tiempo, para una figura reconocida, lo será: más tablas, menos sentido del ridículo, experiencia… y un público más entregado, que sabe lo que va a ver.

Mi experiencia como músico es un tanto especial: una big band de jazz o un coro de gospel no suelen ser cosas que el público, que además no suele saber con qué se va a encontrar, se espere. Es lo que pasa cuando la gente no va a un sitio específicamente para verte.

El sábado pasado fue, por así decir, una de esas veces. En esta ocasión era un público casi exclusivo para nosotros (hubo antes un tipo que recitó varios poemas), compuesto por gente de mediana edad (el rey de los eufemismos). Normalmente, esta “gente de mediana edad” no tiene ni idea de música gospel, tampoco tiene por qué tenerla, más allá de cuando llevaron a sus hijos (ahora universitarios y que cantan en un coro gospel) al cine a ver Sister Act. Al principio, los aplausos son tímidos, casi apáticos, nadie se levanta, además de ser cierto que no estábamos tan finos como quisiéramos, en sonido, en actitud, nos costaba arrancar. No era mal público, después de todo.

El punto de inflexión vino cuando yo me encontraba fuera del escenario, por no haber tenido tiempo para aprenderme el tema que venía a continuación. Mis compañeros hicieron una versión estupenda del Lord’s prayer (el Padre nuestro de toda la vida pero musicado). En el momento justo: esta canción, bien cantada, pone los pelos de punta. Algo, que no se podía adivinar por las caras del público, había cambiado. Una sensación, no totalmente consciente en aquel momento. Pero todos, sin saber por qué, nos sentíamos más cómodos. Y eso se notó: poco a poco la barrera se iba rompiendo, las caras pasaban de la sorpresa o de la indiferencia a la sonrisa cómplice, y el remate vino con Joyful, joyful (una adaptación gospel de la coral de la 9ª sinfonía de el viejo Ludwig van). Sonaban palmas gustosas, divertidas, y al fondo había un chavalín negro que parecía saber de qué iba la cosa (¿la música se transmite en los genes?), viviéndolo todo. Bailes, palmas, ánimos, los fallos garrafales se perdonaban e incluso se incorporaban cómodamente a la masa sonora; ahora todo, desde el grupo de cantantes hasta el público “de mediana edad”, pasando por todos los elementos inanimados de la sala, era una sola ola, que se movía al tiempo, todo estaba conectado. Sería cosa del ambiente, el aire ya estaba cargado con el calor que desprendían las gargantas y los cuerpos en movimiento, se había solidificado. El sudor nos había unido, y el final se adivinó apoteósico: ya daban igual las partes, solo se tenía en cuenta al todo.

Lo celebramos como si de un partido de fútbol se tratase; después, salimos al patio del colegio y seguimos cantando: la gente se asomaba a las terrazas.

4 Comments:

Anonymous Anónimo said...

Qué lastima no haber estado entre ese público formado por "gente de mediana edad".

7/3/08 21:29

 
Blogger Milton Malone said...

No hubieras podido permitírtelo.

8/3/08 12:22

 
Blogger hiperboreana Ingrid said...

un cantante de Góspel. oh my God!, qué divertido... Los 12twelve vinieron donde trabajo en Barcelona con un grupo de Gospel, cantaron todos juntos... Viva la alegría, yo ayer me aburrí durante una hora en una performance de personajes insomnes. A veces, en mor de la experiencia estética transformadora, aguantamos unas cosas que nos relegan a ocupar la plaza más idiota del teatro de la vida, y quizás a eso lo llamemos transformación. En fin, seguid cantando "muchachos, compañeros de mi vida"! como entonaba Gardel...

9/3/08 16:36

 
Blogger Milton Malone said...

Muchas veces a la gente se le olvida divertirse con lo que hace.

11/3/08 19:32

 

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