Apetitos afilados. Dientes entonados. Oídos hambrientos.

domingo, abril 06, 2008



Durante el mes que pasé en la Gran Manzana estuve buscando algo. Nueva York es miles de ciudades diferentes, que a su vez no pueden ser sino Nueva York. Al igual que las miles de Nueva York diferentes que tenía en mi cabeza, y allí encontré casi todas. Menos una.

Dimos grandes paseos, nos recorrimos Manhatan de punta a punta, viajamos por Brooklyn hasta un Coney Island lleno de suciedad para meter los pies en el agua fría del Atlántico, el inmenso océano que nos comunicaba con casa.

Cuando fui consciente de que no encontraba lo que estaba buscando, me lancé solo a por ello. Llegué a Harlem, a Washington Heights, más allá (por el Bronx, más al norte, ya había pasado anteriormente), bajé de nuevo y volví a recorrer, una vez más, el Village, la zona financiera y el Upper West Side. Y nada.

El verano de 2005, mientras hacía prácticas en el diario ABC, descubrí a Interpol. Muchas veces, cuando salía del periódico, ya pasadas las 9, me ponía el Turn on the bright lights, que me había dejado mi amiga Miriam, en el disc-man. No sé si es por mi excitable imaginación o por esos viajes en bus a casa después de una larga jornada, mientras anochecía, que asocié el disco, y también al grupo, con un ambiente crepuscular, en ese breve momento del día en que parece que el tiempo se detiene, que las cosas quedan suspendidas dentro de ninguna parte, cuando los fantasmas todavía no han salido pero se pueden ver, cuando la más trivial de las palabras puede resquebrajarte.

Poco más tarde escuché el Antics y lo mismo. Our love to admire, pese a que me parece fallido, tiene un par de temas que me dejan esa sensación de atardecer efímero, suspendido en el aire, cuando la brisa te puede poner los pelos de punta. Ahí sabes que te falta algo por dentro, pero nunca el qué.

En Times Square me compré el Turn on the bright lights, que, después de devolverle el disco a mi amiga, sólo había tenido en mp3. Esperaba que el círculo se cerrara, que con el LP en mi mano, en la ciudad en que se formó el grupo, en las calles por donde pasearon y por donde se fraguaron las canciones, vendría el deja vu, la resolución del misterio. Pero el crepúsculo sonoro sólo estaba en mi cabeza.

Y ahí sigue.



1 Comments:

Blogger hiperboreana Ingrid said...

gracias por el viaje, Milton Malone. Con los años, la única tierra sostenible, misteriosa y maravillosa será la que flota, como un talismán invisible, en nuestra cabeza. Si seguimos así... Muchos paisajes no existen ni han existido nunca. Henry Miller decía que sus mejores viajes los hacía desde la cama. Y tiene verdad en muchísimos sentidos... Seguimos aquí

12/4/08 22:36

 

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