Apetitos afilados. Dientes entonados. Oídos hambrientos.

martes, mayo 20, 2008

Yo pasaba por aquí...

Quien se haya pasado una vez o dos por aquí ya sabe que los temas que suelen aparecer no recorren los típicos caminos transitados por un blog de música. Me importan bien poco las novedades, lo que está de moda, lo que puede ser objeto de la opinión pública, aunque eso no quiere decir que no haya cosas que me interesen: la prueba es ese post que llevo planteándome desde el principio de los tiempos sobre lo que ha supuesto Internet para el cotarro musical.

Tampoco suelo hablar de los conciertos a los que voy, pocos. Las cosas que me inspiran para escribir son de lo más inusitadas, una sensación más que una gran idea (que, visto lo visto… pocas), y aunque alguna vez he hecho algún artículo “por encargo”, no sé si en este blog, pero sí en otro, sólo lo hice porque me resultaba interesante, porque pensaba que podía contar algo.

Este blog es un pequeño oasis musical ajeno a las tendencias, al mundo bloguero y casi a cualquier persona. Tampoco cuelgo canciones, aunque me lo hayan dicho algunas veces, porque la calidad de sonido de esos inventos es muy pobre, y mi pereza es mucha. Por aquí es bienvenido quien sea, hay total libertad para hablar sin limitaciones de ningún tipo -exceptuando la gramática- porque el primer paso para señalar las carencias de los demás es exhibir las propias.

Todo esto viene por una sensación de deuda pendiente, de un concierto en el que me lo pasé en grande, Irene Shams y Horacio Icasto en el Café Berlín hace más de un mes. Sentía que en agradecimiento (y porque alguien me lo sugirió como réplica a otro blog en el que se decían bastantes estupideces, no únicamente sobre los artistas sino sobre el sitio, demostrando la ignorancia del autor en lo que a salas de conciertos se refiere, y viniendo de quien venía era grave) debía escribir algo, dar un mínimo de publicidad, o mejor, ofrecer a la gente la posibilidad de ser más felices a través de la música. Pero faltaba la idea que hiciera saltar la liebre sobre el teclado, un hilo conductor que sirviera de excusa para ese ejercicio de onanismo mental que sería recordar tan buenos momentos.

Y la liebre saltó. Ayer estaba mirando standards para poder tocar con unos colegas, buscando partituras y versiones en el Youtube, cuando por casualidad apareció por ahí Lullaby of Birdland. En un instante salté hacia atrás en el tiempo, a cuando estaba disfrutando en primera fila de la energía que desprendía el cuarteto de Shams, cantando una versión que nada tenía que envidiar a la de Ella Fitzgerald. Y los recuerdos se agolparon: el repertorio elegido con tremendo gusto, la calidez y la presencia vocal de la Shams, los solos cristalinos y pletóricos de Icasto (creo que es la vez que más me ha gustado de las cuatro que le he visto), los toques latinos, brasileños, el swing, Bach, ese segundo pase pletórico en que los momentos de auténtico gozo se encadenaban uno tras otro…

Simplemente, cuando las cosas salen bien, todo fluye.