Apetitos afilados. Dientes entonados. Oídos hambrientos.

domingo, febrero 12, 2006

Eucaristía del jazz

Esta tarde, pensando en olvidarme por un rato del examen de mañana, he ido a un concierto de jazz en el teatro de mi ciudad.

No es la primera vez que voy a un concierto de jazz, pero sí la primera en un teatro. No éramos muchas las personas que esperábamos entrar. Un domingo por la tarde, gente viendo el fútbol y nosotros aquí, quizá no más de treinta personas en una ciudad de más de cien mil cabezas, en un teatro de cientos de aterradoras plazas, de asientos vacíos.

La música que suena en el teatro antes del concierto es, por supuesto, jazz. Jazz que baja de las nubes, desde el oscuro techo que se divisa encima de nosotros, donde se crean las notas. Detrás de mí habrá apenas dos o tres personas, y eso que estoy en la quinta fila (las dos primeras cuestan más caras y apenas hay gente, imaginaos cuántos éramos). Miro a mi alrededor, y el temor se apodera de mí: la sala desprende una tenebrosa frialdad. Conozco esa sensación, la puedo vivir aunque yo no sea un músico profesional dedicado a deambular de aquí para allá vendiendo mi arte a unos oídos ajenos. Ese vacío aterra al músico.

Salen los cuatro componentes, y hay un silencio hasta poco antes de que se coloquen en sus puestos, cuando alguien se ha dado cuenta de que este es uno de esos momentos en que toca aplaudir. El público lo es todo, sentirse arropado por el público, o ninguneado, el público te maneja a su antojo, ese hipócrita oyente que cree entender el doble de lo que tocas pero no comprende ni la mitad de lo que le das.

Como en una película de terror, se rompe el silencio con una nota de un piano.

La música comienza, sale de los instrumentos, de los altavoces allá arriba, se pierde por esas profundidades aéreas, viaja por todo el fondo del teatro, ese fondo vacío y oscuro y frío, llega hasta nuestros oídos. Se podría palpar el nerviosismo, el "pero qué hago yo aquí", el "a los diez años ya tenía el título de profesor titular de piano, interpretaba las sonatas de Beethoven y heme en este insípido lugar tocando para un puñado de curiosos suburbanos". Pero la música sigue.

Y vaya manera de seguir. Vaya entrega, vaya emoción, vaya arte. Horacio Icasto y sus chicos rompen el frío de sala, la reducen a un cálido bar donde puedes palpar el sudor de las interpretaciones, te llevan hacia mundos extraños, hacia el salón de tu casa, donde puedes vibrar y reír y marcar el ritmo con todo tu cuerpo. Sorprenden, maravillan, se compenetran de manera perfecta, se escapan y se vuelven a encontrar y lo celebran y nos lo hacen celebrar a nosotros. Noan Shaye salta y siente a la batería, juega con ella, le saca todos los sonidos que le puede sacar a todos los estilos que ha escuchado desde pequeño y más, y desde la derecha del escenario nos lleva hacia profundidades polirrítmicas. Victor Merlo al contrabajo canta hacia vertiginosas locuras, da alegría y seriedad cuando se requiere, es sobrio y desenfadado si la canción lo pide. Román Feliu ha comenzado recibiendo de cara, puesto que el saxo es siempre el frontman, el que se enfrenta más directamente al público, toda la frialdad de un escenario que no se esperaba tales fogonazos de MÚSICA, ha sabido ofrecerse e infundirnos calor a todos con sus ecos a Coltrane y a los grandes saxofonistas del pasado, a los colosos míticos. E Icasto, al piano, dirige y calla y enloquece y se levanta del piano, pisa fuerte las teclas, siente y siente y siente.

Vaya manera de entregarse, vaya calores, vaya ritmo desenfrenado y sutilezas y aprovechamiento de todos los recursos musicales. Pura música, puro arte, puro jazz.

3 Comments:

Anonymous Tony Montana said...

Yo la verdad es que nunca he ido a un concierto de jazz, me pregunto como será... estoy más acostumbrao a los de heavy, a pegarme piños XD XD

12/2/06 23:42

 
Blogger Ángel said...

He estado en esas gradas medio vacías.He visto como músicos casi anónimos llenaban todos los vacíos de la sala con su sonido.He oído aplaudir a 20 personas con el entusiasmo de varios miles.He sentido el jazz recorrer mis venas.Y he deseado ser yo el que estaba ahí arriba tocando para cuatro gatos;para poder hacer sentir así a algien...

13/2/06 1:14

 
Anonymous imogen- said...

Me gusta, me transporta, más de una vez me he quedado absorta en la puerta de un local de jazz, sin poder entrar por disparidad de gustos de mis acompañantes.
En Madrid me quedé con las ganas de entrar en uno que había en la plaza Alonso Martínez, en la esquina.
No se si siempre lo hacen, pero aquel viernes tocaban en directo.
Otra vez será...

13/2/06 21:43

 

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